comentarios civiles 2002

escasez de suelo urbano

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En las últimas semanas, la prensa se ha hecho eco de los problemas suscitados por la falta de suelo urbano para resolver las demandas provenientes de los programas y promociones públicas y privadas. Un breve repaso del problema, nos lleva a descubrir que tal cuestión no sólo depende de las previsiones. También es posible que una legislación altamente sustentada en los instrumentos y poco en el régimen urbanístico del suelo y en su producción, transforme los cuerpos legales en materias inertes con los problemas que surgen de las propias vicisitudes económicas y sociales que repercuten sobre la producción de suelo urbano. Mientras el plan regulador comunal sea algo parecido a una declaración simple acerca del crecimiento futuro, con pocas herramientas que orienten y promuevan la conveniente producción de suelo que cobije este desarrollo, siempre habrá escasez.

Una acción incompleta de los entes públicos sobre la ciudad repercute asimismo, sobre la producción y reproducción de suelo urbano. La recuperación del borde fluvial de la ciudad de Concepción y la urbanización del aeropuerto de Cerrillos nos brindan la oportunidad para reflexionar sobre ello. Ambos, ilustran la acción pública de los gobiernos de la Concertación: grandes esfuerzos técnicos y financieros, pero resultados que no van más allá de paliar el déficit. En el primer caso, la interesante propuesta de abrir la ciudad al río Bío Bío inexplicablemente ha sido vulnerada de plano por la decisión de instalar entremedio una autopista y un conjunto habitacional. El borde fluvial pudo haber sido concebido como una zona económicamente activa, con arquitectura de calidad para alojar equipamiento e instalaciones de alto nivel y financiar con ello los programas públicos de vivienda. En términos urbanísticos modernos, la resolución del déficit  persigue multiplicar los efectos positivos de los esfuerzos económicos, con el fin de evitar quedar atrapado por pobres intervenciones.

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Si algo de interés nos ha dejado la Brasilia de Lucio Costa, es la articulación espacial de las supermanzanas residenciales mediante un núcleo de equipamiento comercial. Este equipamiento gravita sobre la estructura  socioeconómica de las áreas residenciales y promueve la evolución cualitativa del sector. La aplicación de este concepto podría superar la calidad de nuestras urbanizaciones: extensas plantaciones de casas, eriales cubiertos de zinc y asbesto cemento, y nada más.

En el segundo caso, los resultados a los que arribó el concurso para la urbanización del aeropuerto de Cerrillos, son demostrativos de los extravíos que experimentamos cuando actuamos sobre la ciudad. Nos situamos en una comuna de dos dimensiones, encerrada por grandes infraestructuras de transporte (carreteras y ferrocarril), extensas implantaciones industriales y zonas aún dedicadas a la explotación agrícola. En los intersticios dejados por estos usos, se instalan paños de usos residenciales, que no siempre guardan conexión vial ni funcional entre ellos. Por el contrario, se constituyen en piezas altamente segregadas incapaces de configurar ciudad. 

Ninguno de los proyectos presentados al concurso intenta ejercitar la comprensión de una estructura urbana, ambiental y morfológica altamente sensible por sus carencias y por sus excesos. Ni menos resuelven la integración con ella. Por lo cual, la oportunidad de actuar sobre una pieza urbanística, con grandes potencialidades estructurantes sobre la comuna, tal cual es el aeropuerto de Cerrillos, una vez más queda reducida a un simple relleno de un vacío disponible y en donde la inocencia de la propuesta ganadora queda expresada por los molinos de viento.

Desde siempre, la escasez de suelo urbano ha estado presente en la historia de la ciudad moderna. A lo largo del siglo XX, la arquitectura transformó el problema en un motivo fundamental de sus mejores momentos. La escasez hace surgir los rascacielos en Nueva York, cuya historia no ha parado de crecer. Las  urbanizaciones de viviendas baratas de la Viena postimperial, la reconstrucción de las ciudades destruidas por la segunda gran guerra y la restauración de los núcleos históricos en los años 70, entre otras, son acciones inspiradas en la escasez de suelo urbano. jonás figueroa, 06.01.2002

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arquitectura y medio ambiente

 

El Premio Pritzker 2002 (algo así como el Premio Nobel de la arquitectura),   concedido recientemente  al arquitecto australiano Glenn Murcutt, podría significar una señal del giro que inicia la arquitectura para ajustarse a los nuevos tiempos. Después del objetualismo exacerbado y altamente tecnologizado a lo que nos condenaron las construcciones amparadas por el movimiento deconstructivista, liderado por el autor de la saga de los nuevos museos Guggenheim, el norteamericano Frank Gehry,  la arquitectura comienza a asumir algo de la responsabilidad que la sociedad ya encajó hace bastante tiempo: la misión  medioambiental de las ciencias y las técnicas.

Ya sabemos que las buenas obras son lo que son por ser rigurosamente observantes del medio ambiente. Sin embargo, para nadie es desconocido que gran parte de los desastres medioambientales han sido provocados directa e indirectamente por la acción de la tecnología.  Por supuesto que algunas tecnologías (la química y la urbanística, por ejemplo), han sido más agresivas que otras en el afán de obtener el mayor provecho sobre los ámbitos productivos. En el camino, pasaron a llevar el necesario equilibrio que es menester observar cuando se actúa sobre la naturaleza.

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Hoy asistimos impávidos a la falta de lugar que registran los vertederos de basuras, por ejemplo. El vertedero es como una brasa caliente que va de mano en mano, un alcalde lo pasa a otro y éste lo patea para adelante. Y así pasa el tiempo y las soluciones se alejan de nuestro alcance, pero nadie se atreve a modificar los usos y las conductas consumidoras que provocan gran parte de la basura que llega a nuestros hogares, ni escuchamos de los industriales y distribuidores las acciones requeridas para hacer leve el impacto ambiental de esta basura. Antiguamente, los alimentos llegaban a nuestros hogares envueltos en el mejor de los casos en papel de periódico y en papel estraza, en ocasiones. Así, cuando consumíamos, nuestro organismo aprovechaba de informarse del quehacer nacional o deportivo, o simplemente la comida tenía un cierto tufillo a cal. Fuera de bromas, hoy los alimentos vienen estrictamente sanitizados, pero gran parte de la tecnología utilizada por los sistemas de distribución para hacerlos aptos para el consumo, al final de la cadena se expresan contradictoriamente como basura. Tal como la basura, tampoco tiene lugar el aire contaminado, los vehículos, etc, etc.

Pero, ¿acaso, el dar lugar no es la misión ética y estética de la arquitectura?. Tal como la arquitectura da lugar a escala humana, la urbanística lo da a escala de ciudad y la ordenación del territorio lo da en la medida de compatibilizar las acciones de todas las técnicas que actúan sobre el suelo. La cuestión es saber cómo plasmar desde la arquitectura las propuestas y formulaciones estipuladas en esta misión de dar lugar. La ruptura conceptual e instrumental que observan estas tres disciplinas altamente interrelacionadas, a la hora de resolver las demandas de suelo, se expresa en términos efectivos en las muchas materias pendientes que hoy no tienen lugar. Frente a ello, la postura medioambiental atraviesa transversalmente las ciencias espaciales, integrándolas a objetivos que buscan hacer de este mundo un lugar habitable. He ahí el mensaje que nos transmite este Premio Pritzker 2002, concedido por la familia propietaria de la cadena hotelera Hyatt: valorar los intentos que se realizan desde las periferias del mundo, para hacer de la arquitectura una disciplina atenta con las demandas medioambientales de la sociedad. Esa es su importancia.Jonás Figueroa, 17 abril 2002

 

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cornisas

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Las enciclopedias al uso dicen que tal palabra se deriva de los términos corona y remate. Con un perfil que nos sugiere algo parecido a un cuerno, la cornisa es la moldura que  constituye los salientes o voladizos intermedios y superiores de un muro. La arquitectura de la modernidad en su cruzada iconoclasta, a lo largo del siglo XX se desprendió de este y de otros componentes.  Se desprendió del alféizar y el zócalo, del zaguán y el pórtico, de la pilastra y el capitel, del hastial y la espadaña, y de tantos otros  que alguna vez expulsó del diccionario constructivo. A la arquitectura de cajones de hormigón, muros desnudos y ventanas corridas no le hacen falta tales componentes.

En Santiago de Chile, Agustinas es una calle de cornisas que dramatiza más que ninguna otra, el desnivel que discurre de oriente / occidente sobre el que se instala la ciudad. Un buen número de sus edificios posee este elemento, que impone un orden horizontal a la fachada y una integración del conjunto lineal que por ello surge. Hoy construimos al modo pastelero, levantando los edificios como las tortas, un piso igual al otro y así hasta la azotea. La cornisa, en cambio,  marca en la fachada la naturaleza y jerarquía de los diferentes pisos e impone un tratamiento diferenciado a la vertical. Razones por las cuales no puede ser considerada un elemento decorativo más. Cuestión que Louis H. Sullivan con el Guaranty Building de Buffalo N.Y. , Daniel H. Burnham  con el Fuller o Flatiron Building de New York, y  Adolf Loos  con el Goldman & Salatsch Building de Viena sabían con largueza.

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En la historia de la arquitectura hay hechos trágicos que señalan el carácter de la cornisa. Uno de ellos ha quedado registrado en Venecia, más propiamente en la plaza de San Marcos. Los edificios de la Librería y de la Zecca (casa de la moneda), situados uno junto al otro y ambos diseñados por el mismo arquitecto, observan un hecho imperdonable, imperdonable para un profesional de la talla de Jacobo Sansovino: sus cornisas no coinciden ni en altura ni en salientes. Este fallo repercute en la integración de estos edificios que con el palacio ducal y los jardines reales, constituyen la fachada lacustre de la famosa plaza.

Pero hay un desprendimiento de la cornisa mucho más trágico y preocupante, que es necesario resolver para preservar la integridad física de los viandantes. El tiempo y los movimientos sísmicos debilitan la sujeción de los elementos salientes de una fachada. Un porcentaje alto de las cornisas que aún persisten en los edificios 

residenciales de baja altura, se encuentra en estado deplorable y prontas a caer sobre la cabeza de las personas. En el tramo inferior de la Alameda B. O´Higgins, en plena comuna de Estación Central (Santiago de Chile), algunos de sus edificios tienen sus cornisas desprendidas a la espera de que ocurra un accidente mayor. 

Buena parte de la edad temprana del cine encuentra en la cornisa un soporte para las piruetas de cómicos y amantes furtivos, provocando la risa y el suspenso de los espectadores. Volviendo a la arquitectura, ciudades de gran raigambre asientan en mansardas, galerías aporticadas, puentes, balcones, etc. su identidad. Al respecto, ¿pudo haber sido la cornisa la expresión arquitectónica de la ciudad de Santiago de Chile?. La falta de identidad nos condena irremediablemente al anonimato. Escrito por Jonás Figueroa en homenaje a Manuel Moreno, arquitecto. 10.05.2002

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valparaíso, valparaíso...

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Hay algo de Santiago que enturbia la mirada de Valparaíso,  el haber sido y no seguir siendo. Sin embargo, hay razones de Valparaíso que nunca tendrá Santiago, aunque ésta se llene de autopistas y ríos navegables. Una de ellas es la noche, que lanza la ciudad por entre las estrellas. Valparaíso gana su cielo en los  ochavos y miradores que mutan la  ciudad puerto en ciudad puerta. Si Ud. se instala en el muelle Barón,  que hoy se encuentra en obras de remodelación para ser ganado para la ciudad y el ciudadano, podrá compartir en una noche estrellada el momento en que la ciudad simula una constelación. En ninguna de las guías turísticas al uso aparece este  propio y desconocido nocturno. Hasta ahora, la noche pura y dura se emparentaba con los bares y tabernas, con las pensiones y prostíbulos.

Junto a las estrellas, hay algo de Valparaíso que sólo lo tiene ella y nadie más, es la profunda melancolía que recorre sus calles y se vierte de quebrada en quebrada, baja por la Matriz y se pierde entre los recovecos del Almendral. Es una melancolía que se refleja en el crepúsculo, tal como la que reflejaban los ojos de una princesa portuguesa que conocí una noche de verano en Figueira da Foz, a orillas del rugiente Atlántico. Este Valparaíso melancólico busca las joyas perdidas, subiendo y bajando infinitas escaleras, equilibrándose encima de las cornisas del plan, colgándose de los entramados de los ascensores, durmiendo junto a las gaviotas.

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Pero, también hay algo que Valparaíso debe abandonar para recuperar al menos el tiempo perdido, es el folclorismo o pintoresquismo que la mantiene atada a esa y otras melancolías. El folclorismo de sus desvencijados ascensores y   esperpénticas estaciones, el folclorismo de sus frágiles lanchas de la bahía, el de sus bares y restaurantes de gastados manteles y viejas sillas. El estrecho folclorismo que  recorta las ideas y achica las obras. No se puede proteger el pasado inventando lo viejo, no hay futuro si se anecdotiza la historia. Y a pesar de ello, en la modernización de estos propios folclorismos, está el futuro de la ciudad: plazas, ascensores, estaciones, universidades, museos, etc. altamente tecnologizados que terminen siendo valores culturales y económicos.

No es posible que cualquier apuesta de futuro deje de lado la búsqueda de las verdaderas oportunidades vinculadas con la ciudad y las industrias portuaria, pesquera y 

marítima, y en cambio saque a relucir valores propios de la crónica roja de la historia más que de un plan estratégico de relanzamiento al siglo XXI. Ya no es posible pensar en una potenciación de la industria de la construcción y la actividad inmobiliaria si no se cuenta con un plan estratégico de actividades económicas y productivas que la justifique. Con ello evitaremos repetir la experiencia de Puerto Madero en Buenos Aires, una zona desolada con edificios a medio terminar.

Valparaíso no puede seguir siendo la estación terminal de eternas penélopes,  ni menos fundar una estrategia de desarrollo en el abismo. Tampoco, puede  hipotecar su futuro a la espera de que los funcionarios del poder de Santiago, le asignen alguna concesión dejando de lado sus propias oportunidades. Por eso, Valparaíso, Valparaíso, o valle o paraíso, pero nunca malparaíso. Escrito en junio 2002 por Jonás Figueroa en homenaje a Angela Schweitzer, arquitecto.

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