la ciudad que queremos...



El reportaje “El remezón urbano”, publicado en nuestra edición del 10 de junio pasado, fue utilizado como material de estudio en la asignatura de Gestión del Planeamiento del VI Curso de Postgrado en Planificación y Gestión Urbanística impartido por el Instituto Nacional de Administración Pública que tiene su sede en Alcalá de Henares, España.

El titular de dicha cátedra, urbanista Jonás Figueroa Salas, nos ha remitido el siguiente informe, basado en los comentarios más significativos que dicho reportaje mereció a sus alumnos, entre los que se cuentan abogados, sociólogos, arquitectos e ingenieros.


Los conflictos provocados por la edificación en altura enunciados por el reportaje “El remezón urbano” (La Época 10.06.90), dejan en evidencia la incapacidad de los planes reguladores para prevenir y corregir los impactos que, como éstos, se derivan del propio crecimiento de la ciudad. La única reforma significativa experimentada por estos instrumentos aplicados en Chile desde la década de los años 30, está relacionada al cambio de denominación: de plano a plan regulador. Las necesarias modificaciones de sus contenidos conceptuales y alcances técnicos, para gestionar adecuadamente la ciudad actual, son cuestiones pendientes.

La sola formulación de un esquema grafico de fácil geometría, determinando los usos del suelo y el trazado vario, complementado por una normativa, reduce la ciudad a una consideración abstracta expresada en colores y achurados. El resultado es una imagen física, un plano. En cambio, el plan es un documento que programa un proceso de toma de decisiones y asigna los medios necesarios para su ejecución.

La historia no escrita del urbanismo chileno del presente siglo, llena de interesantes datos, nos muestra que múltiples intentos formulados para superar los conflictos urbanos, han sido frustrados por la propia incapacidad de la Administración. A su vez, los instrumentos y mecanismos técnicos no han evolucionado en concordancia con las problemáticas y necesidades socioeconómicas y culturales de la población. Las más de las veces, la imagen de la ciudad futura se sobrepone a la comprensión de la ciudad presente.

Un desarrollo urbano asentado en cuestiones sin resolución (tal como las que padece Santiago), provoca repercusiones impredecibles sobre el medio ambiente, la calidad del espacio colectivo, déficit, carencias, etc.

El urbanismo entendido como una simple recopilación de normativas sobre usos del suelo, densidades, esquema vario y disposiciones volumétricas, de alguna eficacia en las áreas de nueva urbanización, es incapaz de formular nuevos criterios y estrategias para corregir los efectos que desencadena el crecimiento de la ciudad ya construida.

El entusiasmo del alcalde puesto en el anuncio de transformación de Apoquindo como un “corredor de empresas” (lo cual, de algún modo ya es) no evita que reflexionemos en los impactos negativos que provoca una concentración lineal de actividades terciarias. Una  tipología de concentración funcional bastante arcaica y que se gesta de modo natural a la vera y largo de los caminos por simple agregación.

Este Wall Street chileno nos suena a volador de luces, a abalorio, a salto al vacío que no supera los conflictos padecidos por los vecinos. Antes bien, los agrava y diversifica.

Hoy en día que se están demoliendo las murallas, para optar al bienestar y a la democracia, se promueve la construcción de un Wall Street nacional. Muralla de altas edificaciones, muralla de separación del barrio, muralla vehicular y funcional construida al amparo de un plan regulador.

Por ello, hoy más que nunca es necesario promover un “urbanismo otro” que, asentado en la corrección de los conflictos y en la gestión de la ciudad, busque superar las distancias existentes entre las imposiciones icónicas de los añejos planes reguladores y las cuestiones que registra la “real realidad”.

Pero también, que acentué los efectos positivos generados, por ejemplo, por las actividades económicas: revitalización de zonas deprimidas; generación de empleos al interior de la comuna; asentamiento de actividades complementarias; creación de parques empresariales y otros. La principal propuesta de un plan regulador no puede estar relacionada con la localización de actividades que, como las terciarias, provocan efectos agregados sobre el tráfico y el uso de los espacios colectivos en avenida Apoquindo, que ya registra altas demandas de flujos intercomunales y de estacionamientos.

Ciudades falsas

Por otro lado, es erróneo pensar que la formulación de un nuevo plan regulador solucionara los impactos provocados por el crecimiento, si su modificación se concibe como un simple cambio numérico de zonificaciones y normativas de densidad y volumetría. La anterior aplicación de las mismas, es en buena parte causante de los conflictos que hoy padecen los vecinos.

El culto a una imagen urbana construida sobre la base de rascacielos que no son rascacielos, Wall Street que no es Wall Street, parques que son placitas, calles que son autopistas, ciudades que son conjuntos de fachadas, pero no ciudades, equivoca el sentido social que debería perseguir el ejercicio urbanístico moderno.

Por estas razones, y en virtud de construir la ciudad que queremos, es necesario gestar un pacto político entre los vecinos, los agentes socioeconómicos y la Administración, para asignar los métodos técnicos y financieros que requiere la concepción de un espacio posible para la convivencia y el desarrollo colectivo.

 


La ciudad que queremos: publicado originalmente en el suplemento dominical del diario La Época, Santiago 12.08.1990, Jonás Figueroa Salas

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